"Soy demasiado sensible"

A la primavera, al otoño, al dolor, al frío, a la opinión de los demás...

 

Como cualquier rasgo o característica humana hay que analizarlo para ver qué te aporta, en qué te mejora o en qué te repercute negativamente. Las personas muy sensibles tienen la capacidad ante cuestiones positivas, de profundizar más, de vivirlas más a fondo, de sacarle más partido y de implicarse más. Pero en relación a cuestiones negativas, también se pueden ver más afectadas, más dolidas, más debilitadas. Como vemos, es la ambivalencia que muestra prácticamente toda cualidad personal, para lo bueno y para lo malo.

 

Se considera que una persona es más sensible cuando experimenta más reacciones o cuando esas reacciones a diferentes estímulos son más pronunciadas. Pongamos por caso que bien podríamos estar hablando de alta sensibilidad al dolor, cuando alguien percibe muy intensamente las molestias físicas, tanto las producidas por estímulos externos como internos; o podríamos hablar de alta sensibilidad a lo que dicen los demás, cuando una persona percibe con bastante profundidad o le da mucha importancia al hecho de que alguien le haga por ejemplo, una crítica o sencillamente le dirija comentarios que pueda interpretar de manera negativa; o alguien puede ser excesivamente sensible ante los problemas de los demás o de una misma, lo que es sinónimo de vivir muy intensamente determinadas emociones imitando sin querer a otras personas y sufriendo en la misma medida que estas. Con la primavera pasa algo parecido, hay personas que muestran más propensión a reaccionar de manera negativa en esta época del año. El aumento de la temperatura y de las horas de sol, resultan tener un mayor impacto en estas personas que durante unas semanas se pueden notar con sensaciones de agotamiento y falta de energía, acompañado de una disminución en la motivación.  ¿No decían que la primavera la sangre altera? En realidad nunca hemos sabido si para bien o para mal, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que existe un número importante de personas que en esta época lo pasa francamente mal.

 

Sin que podamos meter en el mismo saco todo, lo primero que se hace importante tener en cuenta es la necesidad de conocernos a nosotros mismos lo suficientemente bien como para saber cómo y cuánto somos de sensibles.

 

¿En qué situaciones o ante qué estímulos reaccionas de manera negativa?

¿Cuáles son las respuestas alteradas, cómo te sientes, qué piensas al respecto?

¿Cuánto te dura el malestar?

¿Qué haces o dejas de hacer cuando te sientes así?

 

Merece la pena madurar la idea de que dejar de ser tan sensible no es en absoluto insensibilizarse, no sería propio con una característica que puede tener connotaciones también muy positivas. Se trataría más bien de eliminar lo vulnerables que nos hace ese exceso de sensibilidad. De igual forma que una persona que experimenta el dolor en gran medida, ha de aprender a manejarse aumentando sus umbrales de percepción del mismo y a la vez a autogenerarse estados fisiológicos que le permitan experimentar sensaciones agradables y positivas; o de la misma manera que una persona no se hace necesariamente menos empática cuando sufre menos con los demás ni tampoco más asocial cuando le afectan menos ciertos comentarios de otros.

Dejar de ser tan sensible se convierte en una necesidad para poder navegar en este mundo en el que vamos a permanecer, queramos o no, rodeados de críticas, sufrimiento ajeno, dolor propio, cambios estacionales, etc.

De no hacerlo permaneceremos en un estado de afectación permanente, como una hoja que pende de un tallo endeble y que está expuesta a caerse al suelo ante una mínima racha de aire.

 

Una vez que descubras ante los estímulos que te muestras más sensible, pon el foco de atención en tus respuestas alteradas. Aquellos no vas a poder cambiarlos pero a ti sí. Míralo como una opción de mejora y elimina connotaciones negativas como que eres más débil o como que tienes un problema, ya que no sería la consideración apropiada.

 

Identifica los pensamientos negativos que tienes cuando te encuentras mal en esas situaciones y llevarás a cabo con ellos tres acciones importantes:

 

  • la primera es apartarte de ellos conscientemente y con urgencia. En la medida en que no lo consigas, se apoderarán de ti, te verás rumiando y dándoles vueltas de manera automática y conseguirán que el estado negativo se mantenga más tiempo. Por lo tanto tendrás que centrarte en otra actividad que te enganche o te distraiga y te permita elaborar otros pensamientos alejados de la situación negativa por la que estás pasando y así poder salir del habitual bucle en el que te encuentras.
  • la segunda es posteriormente, esforzarte en darte cuenta de que son en cierta medida extremos, desproporcionados, excesivamente negativos, catastrofistas, etc. Conforme te distancias lo ves más claro.
  • la tercera es elaborar pensamientos más ajustados a la realidad, aprendiendo a relativizar y a que veas las situaciones de manera más neutra, con el fin de poder tener respuestas más adecuadas.

 

Por último no trates de evitar lo inevitable, es decir, las variadas situaciones

ante las que te sientes más sensible y que están ahí y van a seguir estando; por el contrario, trata de elaborar formas diferentes de afrontarlas aprovechando que has trabajado ya formas distintas de verlo.

            Si lo que te afecta es la primavera, procura anticiparte, realiza ejercicio físico, que ayuda a generar endorfinas, productoras de sensaciones internas positivas, adapta la alimentación a esta época del año y a los distintos requerimientos nutricionales del cuerpo y disfruta del sol y de las oportunidades que te brinde este momento;

            Si te afecta mucho la opinión de los demás, fortalece tu autoestima y trabaja para conseguir la seguridad suficiente en ti misma como para enfrentarte de manera asertiva a las relaciones sociales o familiares. Descubrirás que con entrenamiento puedes hacerlo.

 

Conseguirás ver tu sensibilidad no como una limitación sino como una cualidad que te permita vivir intensamente la vida.

 

Nunca es tarde para descubrir tus talentos.

UN NUEVO DÍA: UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA DESCUBRIR TUS TALENTOS.

 

A veces es inevitable que asociemos talento al desarrollo extraordinario de determinadas características o cualidades que alcanzan cotas muy altas de éxito o de notoriedad, no obstante, la realidad es que el talento tiene que ver más bien con el desarrollo de cualquier aspecto que ensalza a la persona, apoyándose en sus fortalezas y haciéndole sentirse satisfecha y feliz en relación al mismo. La psicología del talento genera a la persona sensaciones muy positivas de superación y de valía. Facilita una autoestima alta y realza la individualidad de cada uno. Frente a la competitividad el talento facilita la diversidad y el autodesarrollo.

Todos tenemos aspectos que nos hacen únicos y esto hace que el talento precisamente se asiente en las particularidades de cada persona.

Por lo tanto todas las personas pueden aportar lo mejor de sí mismas. Esto es el talento.

 

Si bien, existen dos condiciones sin las cuales este no será posible: la primera es que hay que descubrirlo y la segunda, que hay que desarrollarlo.

 

            Existen lo que podríamos llamar los grandes momentos del Talento, esas etapas evolutivas donde se dan las mayores oportunidades para descubrirlo, favorecerlo, fomentarlo y disfrutarlo.

 

El primer gran momento coincide con la más temprana infancia, ese período de tiempo que va de cero a seis años y que supone una oportunidad extraordinaria para descubrir en los más peques sus tendencias, esas cualidades que más o menos evidentes, sobresalen y ya indican lo diferentes que nacemos y la carga individual y personalizada que trae la mochila de cada ser humano, antes del acto mismo de nacer. Son unos años que brindan la ocasión de aportarles lo que se ha demostrado, es la base más sólida de todas las personas, su seguridad emocional, su integridad afectiva, y ello gracias a la tendencia natural que tenemos a empaparnos del entorno, apoyándonos en él y buscando ya de manera innata, el apego, la seguridad, la confianza, como claves necesarias para poder vivir con seguridad en un entorno, que a pesar de ser irremediablemente necesario para vivir, en principio no estamos preparados para ello ni lo estaremos en mucho tiempo. Aquí el talento será más bien una fuerza, una tendencia, algo que de forma más bien potencial, va surgiendo gracias principalmente a los adultos que se encargarán de descubrirlo. Las claves del talento serán: observar, descubrir, estimular, fomentar sin demasiadas restricciones y sobre todo, con la convicción de que esa personita que tenemos delante, con total seguridad lo conseguirá. Hay experiencias constatadas donde en la escuela infantil ya se han visto cualidades de las niños y niñas con una proyección a largo plazo que con el paso de los años, los padres nos han hecho partícipes de que se han cumplido.

Solo así se conseguirá que los padres, educadores, familiares y amigos, apoyen y transmitan la seguridad que necesitamos, particularmente a esas edades para ir confiando en nosotros mismos. Un entorno que está seguro, transmite seguridad y unos adultos que demuestran confianza, cosechan autoconfianza en los más pequeños. Podríamos decir que es parecido a lo que ocurre durante estos primeros años de vida, cuando los vínculos de apego tienen un papel básico y así, si los niños y niñas se sienten queridos aprenderán a querer, de igual forma, que si se sienten importantes y valorados positivamente, aprenderán a valorar de similar forma, a los demás y a ellos mismos.

 

A continuación, el talento discurre por una etapa donde las personas tenemos más participación en él, más voluntariedad y aunque seguimos imitando en alguna medida lo que nos rodea, lo hacemos con más búsqueda activa, de tal manera, que a estas edades surgen un sinfín de oportunidades para desarrollar nuevos gustos, aficiones, otras inquietudes, etc. un momento propicio para aprovechar todo tipo de oportunidades.

Si tienes un adolescente en tu vida, prueba, ofrécele experiencias nuevas y variadas, resiste sus posibles reticencias y ya verás...

Desgraciadamente en este sentido muchas veces nos movemos exclusivamente por lo convencional y nos olvidamos de la pluralidad de actividades que se pueden hacer y que nos aportarían una gama tan amplia, que nos garantizaría algo que a priori debería de ser lo normal: que hay posibilidades para todos y que cualquiera puede desarrollarse con singularidad. Es fácil observar como cuando un preadolescente o adolescente no encaja, tendemos a pensar en él o en ella en términos de inadaptación o aún más lamentable, en términos de fracaso, cuando en no pocas ocasiones es el sistema que además de limitado es incapaz de plantearse el desarrollo de personas de manera plural, tendiendo a fomentar aquello que se supone que ha de ser en vez de aquello que podría ser. ¡Qué paradoja, que fomentar la pluralidad facilite la singularidad!

Paul McCartney cambió la trompeta que le regaló su padre por una guitarra y pasó completamente de las clases de música porque prefería aprenderla de oído. A los quince años ya componía con John Lennon. Otro ejemplo es Hovik Keuchkerian, comediante, escritor, poeta y ex-boxeador, que ya antes de cumplir los dieciocho años montó un gimnasio para cumplir uno de sus sueños: ser campeón de España de boxeo en la categoría de pesos pesados. Pasados los treinta sigue sorprendiéndonos con sus nuevas facetas y talentos, desarrollándose como actor de televisión y cine. Hay infinidad de casos en los que el talento se descorcha a esta edad y no deja de burbujear ni en la senectud.

 

El tercer gran momento es más amplio que los anteriores y no se circunscribe a una etapa concreta de la vida, más bien se extiende a lo largo de toda ella. No obstante, habrá quien piense que si a cierta edad ya no se tiene, no se descubrirá nunca, de la misma forma que hay personas que creen que no poseen ni poseerán nunca ningún talento. En realidad lo que ocurre es que es posible que nunca hayan pensado que podía ser de otra forma  o que hayan asumido mucho tiempo atrás que esto es inevitablemente así y no hay más vueltas que dar. El mayor problema que tiene la psicología del talento para despegar, para evolucionar, para cambiar no es precisamente ninguna estructura neuronal caduca o acabada, sino las creencias que elaboramos, que actúan como corsés que impiden, coartan o limitan lo que cada persona podría llegar a lucubrar, imaginar, visualizar, perseguir y conseguir. Y si van aderezadas de miedo o de sensación de incapacidad, peor aún. Pero también está ahí la clave del éxito, la posibilidad de creer en nuevas fuerzas, o renovadas, creer en sí mismas, en nuevos proyectos y actividades nunca antes experimentadas e incluso ni pensadas, en nuevos compañeros y compañeras de viaje, etc. El talento, una vez se zafa de esos pensamientos limitantes y conservadores, puede florecer y expandirse hasta la satisfacción de los más exigentes. Cualquier edad es idónea para, buscarlo, fomentarlo o compartirlo. “No dejes escapar el tuyo”. Como diría Ken Robinson, ¡encuentra tu Elemento!

 

Rodéate de talento y de personas con talento. La generosidad del talento es una de las cualidades más ambiciosas del mismo ya que aquella persona que se siente afortunada y que es plenamente consciente de sus talentos, lo puede llegar a compartir, lo puede poner a disposición de los demás, lo puede difundir como si a ella también le hubiese sido dado de algún modo y ella solo hubiese tenido que descubrirlo y alimentarlo.

Mi deseo para cada nuevo Día, es que sea cual sea el momento vital en el que estemos, nos sigamos empeñando en desarrollarnos como personas que buscamos, curioseamos, nos formamos, aprendemos y seguro, que encontramos.

Educar con cariñó. Educar con acierto

 

Quiero recordar en este post algunas reflexiones de la psicóloga Mª Jesús Álava Reyes con objeto de participar en mi libro “Educar sin ira”. Resultan de lo más oportuno en este momento en el que reiniciamos el curso y ponemos en marcha nuestra nueva y renovada edición del Curso y Taller  para Madres y Padres.

Aparentemente todos coincidiríamos en este principio: educar con y desde el cariño, el respeto, la confianza, la generosidad… Pero, no nos engañemos, no resulta sencillo hacerlo.

Los niños aprenden por modelo. Ellos constantemente nos están observando, analizando, incluso juzgando, y muchas veces nosotros pensamos que lo hacemos bien, y no somos conscientes de nuestra falta de coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Si queremos transmitirles confianza en nosotros mismos y en sus posibilidades, seguridad en lo que hacemos y en lo que esperamos de ellos, estabilidad emocional, optimismo... tendremos que prepararnos concienzudamente para lograrlo, pues son cualidades que podemos llevar dentro pero, con frecuencia, no las sabemos manifestar ni transmitir como deberíamos en nuestros día a día; no las reflejamos en nuestras conductas.

 Los profesionales que estamos en estrecho contacto con los sentimientos y las emociones, constatamos demasiados mensajes de desesperanza, de intransigencia y de apremio… Escuchamos una y otra vez frases llenas de reproches, cargadas de intolerancia y de pesimismo.

Este hecho es particularmente grave, porque la psicología nos enseña que cuando los padres, educadores, tutores…, las personas de referencia en la educación de los hijos y de los alumnos experimentan esas emociones negativas, les resulta muy difícil no transmitirlas.

Llevamos años dedicando gran parte de nuestros esfuerzos a la investigación de las emociones, y lo hacemos tanto en el ámbito de la familia, como de la escuela y del trabajo.

Entre nuestros objetivos está el enseñar a los padres a conseguir el nivel de autocontrol emocional que necesitan, para que puedan transmitir a sus hijos la serenidad, la paciencia y la seguridad que necesitan.

De la misma forma intentamos que los educadores puedan sentirse orgullosos de su labor, recompensados por su esfuerzo y motivados para afrontar ese día a día que puede ser tan estimulante, cuando consiguen que sus alumnos desarrollen los valores que necesitan, para ser y convertirse en personas honestas, sinceras, leales y solidarias.

Educar con cariño y con sentido común es nuestro objetivo. De esta forma conseguiremos ser personas cercanas y firmes a la vez, capaces de mantener un adecuado equilibrio entre la necesidad de poner límites y trabajar los hábitos. No pararemos hasta lograrlo, pero recordaremos que lo haremos siempre desde el amor, la ternura y el afecto.

Si nos esforzamos por aprender de nuestra relación con los demás, incluso de aquellas vivencias que conllevan dificultades, conseguiremos crecer como personas y ser referentes para nuestros jóvenes y adolescentes. Reflexionemos sobre cómo nos hubiera gustado que actuasen con nosotros los que en su día tuvieron la responsabilidad de educarnos, y coincidiremos en que les hubiéramos pedido que actuasen con coherencia, con seguridad y con cercanía.

Ahora tenemos la gran oportunidad. Nos toca intentarlo en primera persona. Trabajaremos el autocontrol de nuestras emociones negativas, especialmente en nuestra relación con los demás; este hecho nos permitirá favorecer la seguridad, la confianza y el optimismo; tres factores claves que nos ayudarán a desarrollar el equilibrio emocional que los chicos y chicas de hoy tanto necesitan.

Finalmente, resulta crucial que nuestros hijos y alumnos nos recuerden como personas que hemos estado cerca de ellos, a pesar de la lejanía que a veces mostraban; que hemos sido afectivos y tolerantes, no cayendo en sus provocaciones e inseguridades; que hemos desarrollado cada día nuestra sensibilidad; a pesar de su aparente frialdad. Y que todo lo hemos hecho desde el más profundo de los respetos, pero también desde la más firme de las convicciones.

Os esperamos para trabajar juntos.

No vivas a oscuras

LA IMPORTANCIA DE TENER INDICADORES

EN LA FAMILIA

 

 

 

Es costumbre que en las Organizaciones Empresariales modernas o en algunas al menos, se establezcan señales que nos puedan indicar claramente cómo marchamos en relación a aspectos de negocio tan importantes como las ventas, los costes, los beneficios, el stock, etc. generalmente en relación con unos objetivos que se han estudiado y marcado reflexiva y anticipadamente. Estas señales son a los objetivos como la visualización de la ruta lo es al lugar al que nos dirigimos utilizando un gps, es decir, una forma clara y relativamente rápida de evaluar la marcha que llevamos. Sin estos “indicadores” el funcionamiento recae de forma excesiva en la intuición, de tal manera que según quien lo piense o cómo lo vea, se puede llegar a concluir que estamos haciendo las cosas bien, regular o mal. Si en una organización preguntamos a distintos departamentos, ya sea producción, marketing o dirección financiera y apelamos a su intuición, podemos obtener diferentes visiones, la mayoría de las veces difícil de casar entre ellas y en general, más condicionadas por el momento en que se les pregunta o por la visión particular de la persona que nos responde. No digamos ya la influencia que puede tener el momento de la semana a la hora de percibir ciertos aspectos del trabajo o el estado de ánimo asociado a la reflexión en cuestión. Lo puede condicionar todo.

Pues bien los indicadores son imprescindibles como herramientas asépticas y objetivas que tengan la capacidad de medir algo, ya sea el número de productos creados, o distribuidos o gastados o el número de horas empleadas en determinados procesos de la producción, o las ofertas pasadas o los pedidos hechos o infinidad de ítems que se pueden crear a la hora de poner en marcha señales que nos informen y alerten de cómo vamos respecto a lo que nos hemos propuesto.

 

¿Qué ocurre en casa? ¿Cómo funcionamos en esta gran empresa?

 

No nos imaginamos lo parecidas que pueden llegar a ser ambas instituciones, una organización empresarial y una familia, sólo hay que observar los elementos que las componen y las funciones que realizan: un líder, administración, gastos, producción e ingresos, trabajo en equipo, disputas de poder, colaboración y negociación. Todo ello aderezado en la familia por afecto y amor que viene a ser el sustento de las propias relaciones, en diferentes calidades y cantidades.

 

Para lo que nos ocupa, en primer lugar hay que establecer un objetivo ya que no es lo mismo plantearnos vender cuantos más productos mejor que fabricar o distribuir productos de alta calidad a un público exclusivo y con unos estándares de calidad extraordinaria. En familia pasa algo parecido, no es igual querer aparentar por aparentar y que se note que somos modélicos, que el hecho de que tengamos unos valores asentados y bien dirigidos para crecer fuertes. El éxito a largo plazo está más asegurado en esta estrategia, tanto en lo que tiene que ver con la consecución de objetivos como con el grado de satisfacción de las personas.

 

Hemos de hacernos la pregunta de hacia dónde queremos ir y qué queremos conseguir. Pero sobre todo tenemos que centrarnos de manera concreta en cuáles son los aspectos importantes por los que nos movemos. Por ejemplo, hay padres y madres que están muy centrados en conseguir que sus hijos obtengan una formación académica lo suficientemente ambiciosa como para asegurar que en un futuro estos puedan sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo. Pero para esto nos podemos centrar en resultados y así considerar que vamos bien cuantos más sobresalientes sacan nuestros hijos e hijas o bien, podemos centrarnos en el proceso y sentir que vamos bien cuando demuestran en el día a día, trabajo, esfuerzo y constancia. Será bien distinto utilizar unos indicadores u otros y pensar en el largo plazo será una premisa fundamental si queremos que el éxito nos acompañe por muchos años. El corto plazo nos puede dejar tranquilos de momento pero sostenibilidad en el tiempo es la auténtica señal del éxito.

 

Definir unos valores con los que nos identifiquemos será también una acción que tendremos que llevar a cabo cuando antes. Ello ayudará no sólo a que los padres vayan al unísono sino a que los retoños crezcan en un ambiente donde existan señales claras de por dónde y cómo han de circular. En cualquier otro caso sería el caos.

 

Principales indicadores en la Familia

 

El afecto. Su importancia radica en que es consustancial a las relaciones humanas en los ambientes íntimos y por tanto en la familia. Viene a ser algo así como el pegamento, esa sustancia que tiene propiedades para unir y mantener juntos a los distintos componentes. Sin afecto corre peligro el vínculo, como una de las claves que resiste al paso del tiempo y al deterioro que puede sufrir la familia por las diferentes e inevitables adversidades que pueden acontecer. En la Empresa puede no existir el afecto pero en la Familia es imprescindible.

Evalúa cómo está, cómo se aprecia, cómo fluye entre todos los miembros, cómo se demuestra entre unos y otros, cómo ha podido cambiar a lo largo del tiempo...

 

La comunicación. Es el mecanismo que nos va a permitir testar cómo se encuentran otros muchos indicadores familiares, tanto los que nos pueden hablar de cómo se encuentra el grupo, como de cómo está cada uno. Sin comunicación, pueden estar ocurriendo cuestiones importantes y quizá las desconocemos. Somos “comunicación” por naturaleza y el aislamiento puede empobrecer los lazos. Es necesario fomentarla, mantenerla e intentar que sea lo más positiva posible, ya que es el elemento vehicular que vertebra el resto de cuestiones.

Evalúa si hay o no comunicación entre todos, si es escasa o suficientemente amplia como para que sepáis cómo estáis de verdad, si es positiva o en cambio es una comunicación que refleje enfado, reproches y tiranteces.

 

La autonomía. Supone un indicador de calidad de las propias relaciones ya que a mayor autonomía, mayor libertad para emplearse responsablemente en participar en la familia. Como indicador nos informa también sobre dependencia entre los miembros y nos permite calibrar cómo se van a comportar en un futuro los miembros de la familia, ya que una vez más, a mayor autonomía, mejores expectativas en el sentido de que serán capaces de funcionar por sí mismos y por lo tanto aportar sus propias vivencias y valores al resto.

Evalúa cómo es vuestro estilo educativo en este sentido, si sois sobreprotectores, si sois capaces de valorar la iniciativa de los demás, hijos y pareja, etc.

 

 

La satisfacción personal. Cómo de satisfechos están todos, cómo se encuentran, si son felices o por el contrario están amargados, insatisfechos o eternamente enfadados. Es un indicador de la felicidad de la persona en casa. Si es alto, significa que frente a todas las dificultades, que inevitablemente aparecen en la vida, la persona satisfecha mantiene una visión positiva de sí misma y del entorno. Es un indicador de éxito que nos dice que vamos bien. En la familia en muchas ocasiones se ha malinterpretado este indicador, llegando a pensar que está más satisfecho quien más tiene por ejemplo, cuando en base a los estudios llevados a cabo con niños, adolescentes y jóvenes, los resultados han sido precisamente, que un control moderado y consecuente de privilegios y cosas positivas que pueden tener, genera mayor regulación, felicidad y sensaciones positivas.

Evalúa cómo se encuentran los que te rodean, si les ves felices, satisfechos, si sonríen, si participan, si es alto su nivel de motivación, etc.

 

El respeto. Nos indica cómo se están configurando las relaciones entre los miembros de la familia en relación a un aspecto esencial para el ser humano, el derecho a sentirse bien tratado, sin sentirse agraviado, molestado o agredido incluso por nadie. Ha de ser mutuo entre todos los miembros de la familia y como indicador, nos dice mucho sobre la salud de la familia, de tal manera que si existe falta de respecto, podemos decir que las relaciones son pobres, negativas o incluso podríamos hablar de dañinas.

            Evalúa si os respetáis, si tenéis en cuenta la integridad de los demás, si os esforzáis por entenderlos para poder tenerlos en cuenta, si os sentís bien tratados por el resto y existe reciprocidad en el empeño.

 

            El cuidado del otro. Este aspecto resulta particularmente importante en el ámbito de la familia, ya que al principio es indispensable para la supervivencia del ser humano y sin él, no seríamos capaces de crecer sanos, fuertes e íntegros. Pero además, supone la forma en que medimos la calidad de las relaciones familiares puesto que nos dice la responsabilidad que unos miembros asumen sobre otros por el mero hecho de ser familia y estar predestinados a serlo de por vida. Supone la garantía de un apoyo constante, algo tan necesario para las personas.

            Evalúa cuánto os preocupáis los unos por los otros, si os ocupáis solamente de vosotros mismos o si percibís reciprocidad en este aspecto, cuál es el nivel de seguridad cuando estáis con los vuestros, cuánta confianza depositáis en el resto.

 

 

Es importante no dejar pasar el tiempo sin más, esperando a que las cosas ocurran solas, esperando a que todo esté bien sin más, ya que esto será así en la medida en que lo estemos haciendo bien, guiando hacia nuestros objetivos y trabajando teniendo en cuenta el largo plazo. Echemos un vistazo a nuestros indicadores, que nos dirán cómo vamos, si estamos consiguiendo lo que nos proponemos y si tenemos que rectificar algo o poner en marcha otros recursos que nos apoyen en este gran proyecto que tenemos en marcha. Nos sentiremos ampliamente satisfechos cuando sepamos ver cómo realmente vamos.

 

EL ESTRÉS Y LA PAU (PRUEBA DE ACCESO A LA UNIVERSIDAD)

El Bachillerato, especialmente el curso de segundo año, se considera uno de los más complicados de la larga etapa estudiantil, por la que pasan una cantidad considerable de nuestros alumnos y alumnas. En concreto en el curso pasado 2013-14 la estimación aproximada fue de setecientos mil, según el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. No obstante, lo extraordinario de este curso no tiene que ver necesariamente con el hecho de que sea más difícil académicamente hablando, que otros, puesto que los estudiantes ya han pasado previamente por cursos que suponían un cambio de ciclo y llevaban aparejada una serie de dificultades nada desdeñables, así como importantes esfuerzos de adaptación. Un dato importante del año 2012 es que España fue el país de la Unión Europea con mayor porcentaje (del 24,9%) de población de 18 a 24 años que no ha completado el nivel de Educación Secundaria y no sigue ningún tipo de educación-formación. (Fuente: Encuesta Europea de Población Activa (Labour Force Survery) Eurostat.). La complejidad del bachillerato reside principalmente en que para abordarlo con éxito hay que implicarse totalmente desde el primer día de curso y mantener el ritmo de estudio hasta después de acabarlo, en concreto una vez finalizadas las pruebas de acceso a la Universidad. Si preguntamos a profesores y profesoras que trabajan en esta etapa, coincidirán en que la principal clave del éxito es una adecuada organización en el estudio que permita una buena disciplina y rutina. Todo ello permite seguir el ritmo de un curso que ya comienza acelerado y enfocado a correr hasta llegar a la meta, la PAU.

 

Sin embargo pocas veces nos paramos a pensar qué es lo que hace que un porcentaje muy alto de estudiantes no funcionen adecuadamente en este ciclo, cuando a priori podrían conseguirlo desde el punto de vista de sus capacidades.

 

¿Nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué algunos estudiantes pareciera que se desinflaran antes incluso de comenzar el curso?

¿O por qué empiezan a aparecer inseguridades, dudas, abandonos, tropiezos..?

 

 

La respuesta suele estar en la presión que sienten ante:

 

  • el vertiginoso comienzo de curso.
  • la necesidad que tienen de conseguir una nota suficientemente alta como para estudiar lo que quieren.
  • los primeros resultados que les indican que es más difícil de lo que ellos creían.
  • la desorientación que tienen en relación a lo que quieren estudiar después.
  • la idea de no defraudar a sus padres que saben que tienen unas expectativas naturalmente altas.
  • los pensamientos negativos del tipo de: “yo no valgo para esto” o “no lo voy a conseguir seguro”.

 

Estas percepciones y otras similares acaban generalmente traduciéndose en un proceso de estrés, que continuado en el tiempo puede tener consecuencias graves, las más preocupantes, ligadas lógicamente a la salud y las menos graves, pero también muy preocupantes, relacionadas con un rendimiento muy por debajo del esperado y necesario para superar con éxito el curso y la prueba de selectividad.

 

En este curso académico, aprender a manejar el estrés supone un recurso imprescindible para abordarlo con éxito en todos los casos. Tanto para los alumnos que van bien y que necesitan mantener el ritmo y controlar su previsible estrés ante las pruebas de Selectividad, como para los que ya están sufriendo sus consecuencias y se encuentran agobiados, presionados y en algunos casos bloqueados.

 

Si ya llevamos tiempo abordando la ansiedad ante los exámenes en cualquier etapa educativa, ahora se hace necesario utilizar todas las estrategias al uso para superar el Bach.

Llámanos para elaborar tu plan a medida.

SI QUIERES PUEDES CONTROLARTE

 

¿Sabes cómo se sienten tus hijos/as cuando pierdes el control de tus emociones?

 

El entorno de casa resulta ser uno de los lugares donde más ocasiones se dan para perder el control de uno mismo, situaciones desesperantes, cansancio acumulado, expectativas con los demás que no siempre se cumplen, exigencias mutuas, etc. Y no solo porque puedan darse ocasiones para ello sino porque la cercanía y la confianza pueden facilitar que ejerzamos menos control de nosotros mismos y que sin ser conscientes, nos demos más permiso para perderlo. Reacciones típicas que ilustran esto que digo, lo manifiestan las madres y padres con expresiones del tipo de:

“En esas situaciones acabo gritando prácticamente siempre”

“Me pone tan nervioso que terminamos en conflicto”

“No para hasta que me saca de mis casillas y le acabo...”

 

Cuando los padres pierden el control de sus emociones, especialmente las primeras veces y sobre todo delante de sus hijos e hijas, no suelen ser conscientes del efecto que esto pueda tener en estos, simplemente les brotan así ese tipo de respuestas y en todo caso, empiezan a sentirse mal, arrepentidos, ineficaces, desorientados, etc. Pero con el paso del tiempo los padres empiezan a preocuparse también por la repercusión que este tipo de situaciones pueda llegar a tener en sus pequeños y pequeñas y así me lo transmiten a mí cuando piden ayuda en ese sentido y está identificada claramente la dificultad que tienen para ejercer ese autocontrol perdido, aunque como suele ser habitual, esto lo hacen ya en casos extremos y cuando llevan mucho tiempo padeciéndolo todos en casa.

 

No cabe ninguna duda de que los niños van realizando un proceso de interiorización de todo lo que ocurre a su alrededor, especialmente de aquello que puede resultar relevante o impactante por cualquier motivo, de tal manera que aunque parezca en ocasiones que algo no lo procesan, es raro que no se percaten de ello y que por tanto, de una forma u otra, lo archiven. La frase de “no te preocupes que el niño es pequeño y no se entera” es de una ingenuidad pasmosa. Estos días hemos visto en prensa en relación con un acto deleznable de malos tratos, cómo un niño de dos años le decía a la policía: “papá pega a mamá”.

Ahora bien, puede que no veamos en ellos y ellas ninguna reacción aparente pero lo que ocurre realmente cuando perciben que los adultos de su entorno pierden el control, sobre todo al principio, es una falta total de entendimiento de lo que está ocurriendo y aunque los adultos tienden a relativizarlo, para los críos es algo exagerado, algo excesivo que los apabulla y que no terminan de entender muy bien. Con el paso del tiempo hay algunos niños y niñas, por lo general los más sensibles, que se pueden llegar a sentir incluso responsables de la respuesta del adulto, sintiéndose internamente mal y desarrollando conductas de inseguridad y de retraimiento. En otros niños y niñas en cambio, podemos observar una creciente reacción extrema que va en la misma dirección que la de los padres, descontrolándose también y llegando a crearse situaciones conflictivas de gran intensidad. Si con niños pequeños son situaciones desagradables pero relativamente fáciles de cortar, con adolescentes se pueden convertir en desafortunados desencuentros que pueden minar la afectividad entre padres e hijos por mucho tiempo. Es frecuente ver cómo los padres observan que sus hijos repiten el modelo en muchas ocasiones.

A la hora de valorar este aspecto de cómo les afecta a los hijos e hijas, es necesario ser conscientes de que todas aquellas respuestas que tienen que ver con emociones intensas, tienen gran calado entre las personas que las presencian y no sólo en las que las experimentan. Por ello es fácilmente previsible que vayan a tener consecuencias en un sentido u otro. Y además por ser respuestas intensas y nada racionales, es difícil que sean entendidas en su justa medida por lo que los niños y niñas se darán su propia explicación. Con mucha frecuencia nos encontramos trabajando con adolescentes intentando que entiendan ciertas respuestas de los adultos y es verdaderamente arduo conseguirlo, pues el descontrol de sus padres o madres lo asocian muchas veces a la voluntad de éstas, es decir, están absolutamente convencidos de que lo hacen porque quieren y les adjudican un intencionalidad difícil de desmontar. Las madres y padres que presentan serias dificultades en este sentido tienen una clara desventaja a la hora de conectar, especialmente con sus adolescentes. Curiosamente pasa algo similar cuando son los padres o madres quienes hacen atribuciones sobre lo que piensan los adolescentes que pierden el control, es decir, suelen expresar que lo hacen de manera totalmente voluntaria, con clara intención de hacerles daño, o por otro lado, se plantean si no tendrán algún problema mental grave para descontrolarse como lo hacen en ocasiones.

 

Para saber cómo se sienten los niños ante este tipo de respuestas de los adultos será oportuno observar cómo reaccionan ante ellas aunque no digan nada; esto es particularmente indicado cuando se trata de niños y niñas más retraídas y que les cuesta expresar sus emociones.

Cuando estemos tranquilos y los pequeños y pequeñas también lo estén, podremos intentar hablar con ellos y tratar de que nos cuenten cómo se sintieron y qué experimentaron. Con niños más pequeños el hecho de que puedan hablar del tema y les podamos explicar por qué se han dado las reacciones del adulto, y que realmente ellos no son los responsables de las reacciones emocionales de los demás, es muy importante.

Hay que saber que hay personas que de pequeños aprendieron lo contrario, es decir, asumieron que eran los responsables de las reacciones de los demás y acabaron acarreando con inseguridades que les han llevado a depender de la reacción emocional de los demás; son adultos que no consiguen actuar con independencia emocional y están más pendientes de no provocar reacciones en el entorno que de permitirse a sí mismos opinar o actuar libremente.

 

Si se da el caso de que los hijos presentan también dificultades para mantener el control de sus emociones, cuando se esté dando la situación problemática y estén alterados nunca será el momento adecuado para explicarles ni reprocharles nada. Pretender conseguir que razonen en esas circunstancias es poco menos que imposible, pues su nivel alto de alteración y activación les impide llevar a cabo un adecuado uso de todas aquellas funciones. Antes bien, lo que conseguiremos con toda seguridad es que no nos escuche y por tanto, no atienda a razones y se pueda alterar aún más. Hemos de tratar solamente de calmarles y si ni siquiera esto es posible porque vemos que aumentan su descontrol, antes de que se puedan poner más agresivos, lo acertado será dejarles tranquilos hasta que se les pase. Será tiempo después, como decía, que se pueda analizar lo que ha llevado a esa situación extrema.

Hay que considerar el entorno familiar como la gran oportunidad para aprender todos a gestionar las emociones de tal forma que pasemos del manejo básico que corresponde de manera natural a cada cual, a un punto de autorregulación que nos garantice poner nuestras emociones a nuestro favor, consiguiendo que nos ayuden a convivir con afecto y sensaciones positivas.

SUPERDOTADOS, UN CEREBRO POR ATENDER

Muchas veces nos olvidamos de esos críos que parece que lo saben todo y que lejos de ser así, es frecuente incluso que en realidad necesiten más atención, recursos y estrategias para su adecuado desarrollo, en un mundo que les exige como al que más y que crea unas altas expectativas sobre quien presupone que por tener un coeficiente intelectual de más de ciento treinta ya lo tiene todo hecho.

 

Si nos atenemos a lo que ocurre al principio, vemos que en muchos casos los padres asisten a la paradoja de que a pesar de que su hijo es muy inteligente, lo que les dicen desde el centro educativo es que no atiende, que no quiere trabajar, que lo que quiere hacer es solo lo que decide hacer, etc. Son muchos los niños que aún siendo muy talentosos no sincronizan su potencial con el ritmo esperado en clase y lejos de destacar y conseguir los objetivos curriculares de forma adecuada, no arrancan o lo hacen en dirección contraria o en el mejor de los casos, brillan frente a lo que les gusta y fracasan en relación a lo demás. Utilizo deliberadamente la palabra “fracasan” porque se utiliza frecuentemente y lo hago para recalcar que debería de estar prohibida o al menos, su uso tendría que permitirse exclusivamente a partir de cierta edad, quizá en torno a los ochenta y cinco años, edad a la cual se podría empezar a hablar de fracaso y esto es cuestionable incluso. Considero que es un término que apunta demasiado a la idea de “no haberlo conseguido” frente a lo que pienso que en realidad debería dirigirse, la idea de que aún está en proceso de conseguirlo y hay que buscar la manera de que así sea”. Pero se denomine de una forma u otra, la cuestión es que en muchos de estos casos el sistema no funciona y es esa una primera etapa a la que en mi opinión, hay que atender de manera prioritaria.

 

           ¿Cuándo podemos saber si se trata de un niño superdotado?

 

La idea es que en cuanto tengamos sospechas de que puede ser así o por supuesto, cuando aparezcan dificultades que indiquen una falta de adaptación al ritmo esperado, es conveniente hacerle un estudio para conocer con la adecuada precisión, su potencial y sus capacidades y así poder plantearnos qué recursos son los más adecuados para poder solucionar los problemas que se estén evidenciando y facilitar un desarrollo, tanto académico como personal, en la línea de lo que necesite. Y una vez más aquí es necesario que hagamos un esfuerzo por liberarnos de ideas como: “es pronto para saber su potencialidad, hay que esperar” o “ya se motivará, paciencia”.

 

Cuánto antes sepamos, antes actuaremos en consecuencia.

 

Esperando, esperando, en mi experiencia con adolescentes que no consiguen unos buenos resultados, en muchas ocasiones ni siquiera “unos mínimos resultados” veo un importante porcentaje de ellos que ni siquiera conocen sus capacidades, más allá de unas evaluaciones colectivas donde el resultado ha sido: “es un chico/a listo/a”. Esto sí que es un fracaso, pero del sistema que permite que el adolescente esté desorientado y que lo único que reciba es la vaga idea de: “es un vago y en realidad no trabaja porque no le gusta o no quiere”. Obviamente en ciertos casos es así pero los profesionales no tenemos ninguna duda a la hora de identificarlos, por lo que sorprende más que estos casos lleguen a los catorce años en esas condiciones.

 

Cuando ellos y ellas conocen cuál es su potencial, cuando los padres empiezan a encajar las piezas del puzzle y consiguen entender lo que durante algún tiempo han intuido y cuando los educadores tienen un informe que les ayuda a comprender lo que de verdad ocurre, sin juicios aproximados ni intuiciones sin rigurosidad, las cosas comienzan a ir en la adecuada dirección.

 

¿Qué podemos hacer en esta etapa?

 

 

 

Una vez que conocemos bien la potencialidad del niño/a ya podemos buscar los recursos formativos, como cuando conocemos la talla que usamos que buscamos una prenda y por mucho que nos empeñemos si no damos con ella o no entra o sobra. Y me refiero tanto a recursos educativos como familiares o sociales.

En cuanto a recursos educativos no nos podemos quedar en la idea tan primaria de que si es tan bueno el chico/a cómo que no llega al nivel de la clase? Hemos de plantearnos por qué ocurre esta cuestión de tal manera que a nada que lo enfoquemos en esa dirección descubriremos las razones para que se aburra o para que llame la atención constantemente o para que presente problemas frecuentes de conducta. De igual forma que no dudamos a la hora de plantear ayudas y refuerzos escolares para los alumnos que no llegan será importante ajustar el nivel de exigencia para estos otros.

En cuanto a recursos familiares, he de decir que por experiencia el solo hecho de que los padres conozcan bien las características de su hijo, ayuda mucho a ajustar las expectativas y tranquiliza bastante, si bien, no es suficiente para que sepan manejar las diferentes situaciones típicas que se les pueden presentar y mucho menos para aprender a entender y sobre todo a tratar a sus hijos que tienen estas características. Por ejemplo, uno de los grandes hándicaps que presentan los niños/as superdotados es que frecuentemente sienten que no les entienden y se sienten “raros”. Pues bien, para los padres es importante la asistencia a talleres donde les expliquemos estas y otras cuestiones ligadas a la superdotación.

 

Por último es importante hacerse cargo de las dificultades que a nivel social les puede suponer el tema y así es frecuente que puedan tener diferencias con sus compañeros de clase, dados los distintos intereses que pueden presentar y las diferencias precoces que se pueden observar. Esto se puede traducir desde la falta de amigos hasta tenerlos pero pocos. Algo también que me encuentro frecuentemente con algunos adolescentes superdotados es que sus padres se quejan de que no salen o de que apenas tienen amigos. Y la cuestión es que durante años lo que han hecho, puesto que también son bastante selectivos, es que mantienen dos o tres amigos y piensan que ya les sobra, por lo que no sienten ninguna necesidad de relacionarse a mayor escala. Aquí nuevamente hay que apelar a la idea de intervenir cuanto antes y el mejor recurso sin duda es el taller de habilidades sociales donde les ayudamos a mejorarlas junto a compañeros y compañeras de su misma edad. Me gustaría incidir en la idea, a mi juicio equivocada, de que los niños superdotados no tienen empatía o cosas por el estilo. En realidad sí pueden tener en ocasiones una alta sensibilidad social pero pronto aprenden a detectar diferencias que muchas veces perciben como rechazo o incomprensión por parte de los demás y desarrollan cierta protección, lo que supone un alejamiento progresivo de las relaciones sociales convencionales, más allá de los que identifican como ellos/as, con quienes sí se suelen relacionar más y mejor. Hay que devolverles y entrenarles en el uso de estrategias sociales eficaces y adaptativas para que se puedan relacionar con éxito y así puedan tener un desarrollo adecuado y positivo.

 

Será una etapa en la que nos tenemos que encargar de que sean felices, tengan éxito y se preparen para su futuro desarrollo profesional en el que las empresas también se tendrán que hacer cargo de las necesidades que puedan tener y de lo que de ellos puedan esperar, que resulta ser altamente interesante.

CÓMO AFRONTAR EL FINAL DE CURSO

CÓMO AFRONTAR EL FINAL DE CURSO. La cuenta atrás.

 

        

         Un año más llega el final de curso, ese momento del año en el que nos jugamos un verano tranquilo o todo lo contrario, más de lo mismo, es decir, continuidad: academia, colegio interno, vacaciones a medias...

         Son muchos los padres, más que los hijos, que están ya mascullando pensamientos del tipo de:

  • “vaya veranito que nos espera” “después del curso que llevamos, y ahora encima a seguir estudiando”

En muchos casos ni siquiera son muy diferentes de los que han podido tener durante todo el curso:

  • “vaya curso que nos viene” “a ver qué pasa este año...”

Unos pronósticos que me atrevería a decir que en la mayoría de los casos son más negativos que positivos y unos resultados que no siempre terminan siendo como se pensaba... Y es que el desarrollo del curso escolar no está exento de preocupaciones y cuestiones sobre las que todos los miembros de la familia están inmersos durante meses. EL curso escolar se ha convertido, más que en un reto interesante y motivante, en un asunto familiar de la máxima relevancia, como un asunto de Estado sobre el que gira casi todo.

         Y en este sentido muchas son las cuestiones de las que preocuparse últimamente: tasas, becas, comedor, contenidos curriculares, libros, informe PISA, cambio de planes educativos, relación con el profesorado, además de lo estrictamente ligado a los hijos y su estudio, como dificultades que puedan tener, necesidad de refuerzo, etc. Es posible que el curso escolar sea una de las cuestiones a las que más recursos hay que dedicar en las familias.

         Pues bien, llegado el mes de mayo, supone que se acerca la recta final y la necesidad de centrarse en acabar el curso de la mejor forma posible. Pero sería deseable mantener un mínimo de calidad familiar y no terminar de dinamitar las pocas fuerzas que quizá ya queden a estas alturas del año.

 

Tengamos en cuenta:

 

  • Aunque hay que echar el resto, es necesario entender que si presionamos mucho puede ser contraproducente. A estas alturas de curso los chavales están ya cansados. Sí, incluso en esos casos en los que pensemos que no han trabajado lo suficiente, también estarán hastiados, puede incluso que más, puesto que en muchos de estos casos pueden ser chavales que precisamente no estén motivados, no les guste o que tengan alguna dificultad de aprendizaje, conocida o encubierta.

 

  • Hay que pensar en todas las posibilidades según los resultados que se puedan tener e ir reflexionando sobre los posibles escenarios para el verano según se consigan las notas esperadas o no, pero hay que evitar la amenaza constante sobre lo peor de lo que pueda pasar, pensando que así estudiarán más. Solo generaría muy probablemente reacciones negativas e incluso les podría descentrar más aún.

 

  • Ajustar las expectativas, en el sentido de ser capaces de valorar de manera realista lo que se haya conseguido y lo que indiquen el conjunto de resultados conseguidos hasta la fecha. Intentar mejorar lo que se pueda pero entendiendo el significado de todo el curso que ya ha pasado y seguir viendo el proceso educativo como un asunto a largo plazo.

 

  • Animarles a hacer el último esfuerzo del curso, siendo capaces de transmitirles motivación y seguridad en sí mismos, con el fin de que piensen de verdad que pueden mejorar sus resultados aumentando su esfuerzo y peleando hasta el final. Sin duda, habrá merecido la pena si se intentan superar a sí mismos en alguna medida, pero lo primero que han de ver es una actitud positiva en el entorno, en quienes les rodean y conocen lo suficiente como para saber que lo pueden conseguir si se lo proponen. Pensemos que en muchas ocasiones lo que reciben es justo el mensaje contrario:

       - “no te creas que ahora porque te pongas a trabajar lo vas a conseguir”

             - “has tenido todo el curso para ello” “todo el año tocándote las narices y ahora pretendes..”

 

  • Intentar conseguir, si no se ha hecho ya, una adecuada relación con los profesores. Quizá ya no sea el momento propicio para establecer una estrecha relación que fructifique durante el período escolar obviamente, pero aún se puede aprovechar uno de los grandes logros hoy día, la inestimable buena relación que se debe tener con sus maestros, que son quienes buscando los mismos objetivos que los padres, están muchas veces tremendamente distanciados. Vemos cómo esto es así en nuestro trabajo habitual con chavales a los que ayudamos a conseguir sus objetivos académicos y resta mucho al esfuerzo que realizan unos y otros por conseguirlo. Hablar con ellos a menudo, intercambiar sin miedo las impresiones que se tienen, ponerse de acuerdo y trabajar en equipo.

 

  • La clave va a estar en una buena organización. Ayudarles a planificarse y asegurarse de que pierden el menor tiempo posible. Bien es cierto que la pauta durante el curso es trabajar para que sean autónomos y estudien de la forma más individual posible, para que se responsabilicen al máximo y su nivel de implicación sea el máximo también, como debe de ser. Pero a estas alturas no hay ni que correr riesgos, ni pretender conseguir objetivos a largo plazo, es decir, hay que centrarse en las pocas semanas que quedan y en acabar lo mejor posible.

 

Suerte y ánimo.

ADOLESCENTES Y VIOLENCIA MACHISTA. EN AUMENTO...

Según el Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial 8CGPJ) en 2013 aumentó el 5% el número de menores maltratadores que fueron juzgados.

         Resulta descorazonador observar hoy día en la calle cómo una pareja de adolescentes discute y, en pleno enfado, el conflicto se materializa en desprecio verbal o incluso en un ataque físico. En esos casos permanecemos atónitos. Pensábamos que esto estaba superado y era más propio de cuando se suponía que éramos más básicos y hacíamos estas y otras cosas.

Sabemos que amar sin sufrir, especialmente en los adolescentes, es algo imposible por completo, e incluso que se trata de una etapa de aprendizaje en la que tienen que experimentar todo por sí mismos. Y también sabemos que aunque les contemos cómo son las cosas, no siempre suelen escuchar o sencillamente sienten que necesitan comprobarlo por ellos mismos; pero de ahí a que asistamos con impotencia casi siempre, a situaciones de violencia de este tipo va un abismo. No podemos evitar que esos momentos nos recuerden, por un lado, nuestra sensación de fracaso como padres en el intento de enseñar a nuestros hijos a vivir sus relaciones con normalidad, serenidad y respeto; y, por otro, ese horror de finales trágicos que se da en muchas relaciones de pareja adultas, cuyo nombre —violencia de género— cae como una losa y nos lleva a pensar que asistimos al germen de relaciones insanas que creíamos superadas o encaminadas en la buena dirección.

         Estábamos seguros de que nuestras adolescentes no caerían en estas redes, que sabrían autodefenderse escogiendo bien, evitando dichas situaciones o, en última instancia, alejándose sin dilación de personas poco recomendables, pero lo que muchas veces nos encontramos es que sigue habiendo elecciones poco sensatas, que se cruzan límites de alto riesgo o que no escapan del tejido de la araña incluso cuando es obvio que les está atrapando.

         La auténtica fortaleza que se puede transmitir a las adolescentes es la que les permitirá no verse traicionadas por sus emociones especialmente en situaciones límite. Compararse con los demás, verse aisladas, solas, no sentirse guapas, no sentirse queridas... He aquí el reto para los padres y para la sociedad en general: formar y reforzar a todos los jóvenes en estas asignaturas que, aunque por desgracia muchos adultos aún tienen pendientes, ellos están a tiempo de aprender.

La adolescencia es la gran oportunidad para aprender a conocer, si no se ha logrado todavía, el funcionamiento de las propias emociones y el aprovechamiento de las mismas para saber dirigirse de manera voluntaria hacia lo que uno quiere y con quien uno quiere.

Chicas adolescentes que se dejan llevar y hacen casi todo lo que su pareja desea, que expresan que realmente les gusta y lo hacen porque quieren, que viven una relación tortuosa con discusiones constantes, celos a flor de piel y toda una serie de contradicciones que no quisiéramos que se reprodujeran en la actualidad.

         Por mi experiencia clínica en este sentido, puedo decir que afortunadamente la mayoría de estas parejas se rompen y proporcionan un aprendizaje que no tiene por qué repetirse, pero lo triste, además de los disgustos familiares, es que se repitan ciertos moldes indicativos de una sociedad que aún se rige por tintes de fuerzas masculinas frente a femeninas.

Es preciso decir también que la adolescencia es, a estos efectos, como el periodo de experimentación y prueba y sabemos que llegado el momento de pasar de la teoría a la práctica puede ocurrir cualquier cosa. De esta forma, aquello que creíamos que se sabía muy bien, como diferenciar las experiencias

nocivas de las positivas, o saber identificar con rapidez a las personas que podrían hacer daño o estar ante conductas poco deseables, puede llevarse a cabo de manera completamente diferente a lo esperado.

Al margen de la responsabilidad que tiene la propia etapa adolescente y su inestabilidad emocional, es crucial reflexionar sobre todos los aspectos implicados en esta realidad que no gusta ni es deseable en ningún caso.

En una sociedad como la actual, donde el término «violencia de género» está, por desgracia, tan presente y aún existen casos que terminan en drama, es necesario que nos centremos no solo en todos los recursos directamente indicados en esta problemática, sino en prevenir y manejar aquellos otros aspectos incipientes que en los adolescentes marcan su psicología personal, social y de pareja y que son cruciales para detectar comportamientos disfuncionales que pueden suponer el germen de vidas desgraciadas.

 

Favorezcamos relaciones sanas.

 

         Tratar desde que los hijos son pequeños de favorecer que dispongan de una autoestima alta, de una adecuada capacidad para quererse a uno mismo por encima de cualquier agravio o influencia que venga del exterior, y que atente contra la seguridad personal.

         Que crezcan con la capacidad de verse como individuos que piensan, desean y deciden y que aunque se preparan para convivir con otras personas y experimentar la vida en equipo, en ningún caso cedan el poder de guiarse, a nadie que no sea a sí mismos.

         Muchos de los adultos que se dejan avasallar impunemente, ya en su infancia aprendieron a obedecer a base de imposiciones drásticas y también a sublevarse en la adolescencia para luego acabar asumiendo sin más los criterios de otras personas.

Claves para mejorar tu estilo educativo

Recuerda que deja huella

 

Lo primero que tenemos que tener claro es que el estilo educativo es un constructo complejo que viene a decirnos cómo ejerces tu liderazgo en cuanto a su función de enseñar, guiar, acompañar, dirigir, etc. y esto puede referirse tanto al ámbito del trabajo como al familiar. Es en el ámbito familiar y especialmente si tienes hijos donde lo ejercerás quieras o no y su importancia es vital para el desarrollo de los más pequeños hasta el punto de que influirá en su forma de autorregularse, su autoestima, de relacionarse con los demás, etc. Será uno de los aspectos que más le influirá, teniendo en cuenta que pasarán años bajo la sombra de él y considerando que son los años donde se producen los aprendizajes que se consolidan y se hacen más duraderos a lo largo de la vida. Es por ello que todos, sin darnos cuenta, somos en cierta medida esclavos de los estilos educativos de nuestros padres y en el caso de que no hayan sido adecuados, solamente nos zafamos de ellos cuando somos conscientes y trabajamos para conseguirlo. En ocasiones es triste cuando tratas con adultos que aún padecen el yugo de lo que fue un estilo educativo en casa extremo o nocivo y que les marcó para toda la vida porque no han sabido desapegarse de él y está tan unido a su carácter que no solo lo padecen sino que lo transmiten a los demás especialmente a sus herederos.

 

Recientemente dos investigadoras incansables en la exploración de las características de adultos y padres que favorecen o perjudican la salud mental de los niños, Luisa Roa Capilla y Victoria del Barrio, adaptaron el cuestionario de crianza parental (PCRI-M) a población española. Dentro de los resultados que obtenían se observaba que todos los factores correlacionaban de forma negativa con los problemas de conducta del niño, y especialmente los factores de "Disciplina", "Compromiso", “Distribución de rol” y “Autonomía” eran significativos a nivel estadístico, por lo que se podía deducir que la disciplina razonada, así como la aceptación, por parte de los padres, de su compromiso con la crianza, combinada con niveles adecuados de autonomía o baja sobreprotección, son los factores que más favorecen la adaptación social del niño, puesto que tienden a disminuir sus problemas conductuales.

 

Por lo tanto, trata de reflexionar y de pensar sobre cómo hacer para que la herencia educativa que le dejas a tus retoños sea la que crees que les puede ayudar a conseguir en un futuro ser ellos mismos y sentirse satisfechos y con un autoestima alta.

Muchas veces esto los padres lo hacéis muy bien en el entorno laboral, de tal manera que transmitís vuestros conocimientos al resto con respeto, adaptando vuestro lenguaje y persiguiendo el objetivo de poner en marcha los proyectos y su seguimiento, sin menoscabar las relaciones humanas.

 

-       Huye de los extremos. Sentirá que le entiendes

 

Tratar de educar a tus hijos ejerciendo formas fijas hará que puedas llegar a ser demasiado duro o demasiado blando. Es preferible que trabajes la flexibilidad para que te permita adaptarte a las distintas situaciones que se te van a presentar y a los cambios propios que su edad va a requerir y que necesitará por tu parte un gran esfuerzo por actualizar las normas y la forma de tratarle.

 

-       Mantente cercano por encima de todo. Se sentirá querido

 

Introduce dosis de afecto siempre y en todas las circunstancias. Puesto que educar conlleva insatisfacciones, expectativas que no se cumplen y problemas importantes en muchos casos, es necesario que no se pierda el apego familiar, el cariño que siempre ha de prevalecer en las relaciones humanas y que entre padres e hijos, sois vosotros los que tenéis que proporcionarlo pase lo que pase. Cuando las cosas van mal es una de las cuestiones que antes se resquebraja y también de las que más huella deja, por lo que hay que tenerlo como premisa, intentando que los chavales no pongan en duda que se les quiere aunque se les regañe o se les sancione o se les impida hacer lo que quieren en un momento dado.

 

-       Ejerce el liderazgo que te corresponde. Le dará confianza

 

Te toca ser proactivo, buscar en cada etapa lo que puede ser

mejor para tu hijo, ofrecerle posibilidades para que se desarrolle según vuestros intereses y valores e involucrarte lo máximo posible en su formación y evolución. Eres insustituible y nadie lo va a hacer por ti o al menos, no tan bien como lo harías tú.

 

-       Las normas has de ponerlas tú. Le dará seguridad

 

Es necesario que establezcas una serie de normas lo

suficientemente claras como para que tu hijo crezca con seguridad y con referencias que le permitan guiarse. Y será igualmente importante que además de establecerlas seas capaz de ir adaptándolas al momento evolutivo por el que pasa tu hijo y con el mayor grado de sensatez para que sean lo más proporcionadas posible.

 

-       Fomenta su autonomía. Le hará libre

 

Edúcale siempre con esta premisa para que todos sus avances le vayan inculcando la idea de que en una medida importante es él mismo quien lo produce. Cuanto antes tenga la oportunidad de ser autónomo más fácilmente conseguirá esas sensaciones tan placenteras que produce sentir que el motor de su educación es él mismo. El objetivo educativo se puede considerar cumplido solo cuando es uno mismo el responsable máximo de ello, es decir, cuando es uno el que piensa, el que busca recursos y el que decide cuál es el adecuado para ponerlo en marcha. Hay que trabajar para que cuando sean adolescentes estén en disposición de hacerlo y no se dejen llevar sin criterio ninguno. Evitar la sobreprotección en contra de lo que pudiera parecer, los protegerá en un futuro puesto que les permitirá ser ellos mismos quienes desarrollen estrategias para salir adelante y no crecer con la sensación de que necesitan que sean otros quienes lo hagan.

 

-       Reparte los papeles. Le dará coherencia

 

Si has de educar en solitario aprovecha tu red familiar y el entorno escolar para facilitarlo de la mejor manera posible. Si lo compartes con tu pareja aprovechad y distribuiros bien los distintos roles para que educar se convierta en un auténtico trabajo en equipo. Que no existan dos estilos educativos distintos sino una única forma de ejercerlo, con el necesario consenso que os lleve a poneros de acuerdo en el proyecto más importante que tenéis en común, “la educación de vuestros hijos”.

 

-       Fomenta su autoestima. Le hará fuerte

 

Consigue que durante los años que dura el proceso educativo tu hijo crezca sintiéndolo como algo positivo, como algo que aunque muchas veces le lleve a la frustración porque las cosas no salen como las espera o no consigue lo que quiere, mantenga la capacidad de pensar que finalmente sí lo conseguirá. La educación es un proceso que no acaba nunca y por tanto, un adecuado estilo educativo ha de centrarse en proporcionar a la persona la capacidad para disfrutarlo, para sentirse competente y capaz y para sentirse lo suficientemente bien como para no venirse abajo ante los fallos parciales. No olvidemos que es una carrera de fondo.

 

Me quiero, no me quiero, me quiero...

 

         Quererse incondicionalmente es casi una quimera, un privilegio del que disfrutan solo unos pocos que parecen poseer algo especial.

Se trata de una carencia que vemos a nuestro alrededor frecuentemente en personas normales, con sus virtudes y sus defectos, y que transmiten una falta de amor propio, entendido como descontento consigo mismas, que delata la tendencia interior a la insatisfacción casi permanente.

Cualquier cosa es buena para lamentarse: el físico, la forma de expresarse, la capacidad intelectual, determinadas habilidades, etc.

 

         El vicio que produce estar tan pendientes de lo negativo de cada uno, o de las carencias o de los errores cometidos, es acumulativo y, con el tiempo, atrofia la capacidad para sentirse orgullosos de sí mismos inculcando en la persona una forma de estar, una forma de ser, que de manera automática va germinando en una personalidad con una baja autoestima cada vez más difícil de modificar.

Como mucho, se pueden observar momentos de lucidez, de felicidad inmediata asociada a algún acontecimiento que, de manera externa, aparece como generador de autoestima, pero, en realidad, es caduco y cambiante como todo lo que procede de nuestro exterior.

 

         Es vital caer en la cuenta de la importancia que tiene esta inhabilidad de quererse por encima de todo, ya que facilita que se pueda caer en las redes de personas manipuladoras que conscientemente o no, se convierten fácilmente en las suministradoras de estima y en definitiva, en dueñas de lo más preciado del ser humano, “el amor a sí mismos”, como clave para una sana y positiva relación con los demás. Que los demás nos quieran dependerá realmente de cuánto nos queramos a nosotros mismos y no al revés.

 

         Transmitir afecto incondicionalmente y perseguir que los demás lo intenten consigo mismos debería de ser uno de los grandes retos para la enseñanza de la autoestima. Por mucho que nos cueste aceptarlo, no nacemos para conseguir objetivos, ni para ser como los demás, ni para destacar sobre

ellos. Por eso, sería más que razonable que desde pequeños pudiéramos crecer aceptándonos a nosotros mismos de forma positiva, como únicos y diferentes que somos.

 

         Una de las cuestiones sobre las que reflexionar por parte de los padres es precisamente esa transmisión de valores que, a lo largo del tiempo y de forma subliminal, acompaña los aprendizajes de sus hijos. Si se fijan, podrán observar que infinidad de veces los más pequeños confunden la aprobación

o desaprobación de los demás por lo que se hace o se deja de hacer bien, con la aceptación y la estima, y como oportunidades para el error hay del orden de algunos cientos de miles hasta el final de la adolescencia, habrá que tenerlo en cuenta si nos proponemos ayudar a alguien a mejorar su autoestima.

Si conseguimos que sientan que se les aprecia por encima de cualquier resultado que consigan o característica que presenten, estará garantizado que los adolescentes también lo aprendan a hacer consigo mismos.

Si las personas crecemos con la convicción de que a veces se nos quiere más y otras veces menos, asumiremos dos cosas: primero, que el amor no es incondicional y que está ligado a ciertas actitudes o comportamientos nuestros; y segundo, que son los demás quienes gestionan nuestro sentimiento de afecto

y bienestar interno.

 

         Es necesario reforzar la idea de que cada cual depende en buena medida de sí mismo y es responsable de suministrarse la mayor parte del amor que necesita, y lejos de pensar que esta idea puede alentar la individualidad, lo que genera son relaciones más sólidas tanto en el ámbito de la familia, como de los amigos o de las parejas, y exentas de dependencias emocionales o necesidades de amor mal entendidas.

 

Habría que cambiar la famosa frase de «Me quiere, no me quiere» por la de «Me quiero, no me quiero», o mejor: «Me quiero, me quiero».

COACHING PARA JÓVENES. Y un buen recurso para los padres

Ante tantos caminos lo importante es no pararse.


“Se pueden comer el mundo y en ocasiones es el mundo el que se los come a ellos”

“Podrían formarse según sus preferencias y muchas veces ignoran por completo lo que les motiva”

“Y cuando se han formado ya, en no pocas ocasiones aún no saben por dónde seguir”

 

Son muchas de estas cuestiones las que predominan en la actualidad para desilusión de ellos y desgaste de los padres, que asisten atónitos ante lo que años atrás no se producía, puesto que las hojas de ruta que se desplegaban una vez se acababan los estudios superiores, estaban más claramente marcadas o los caminos eran más visibles y predecibles.

Hoy hay más opciones de formación pero también existen más dudas. Y a esto no ayuda precisamente la coyuntura actual donde el trabajo escasea y deja muchas expectativas por los suelos.

Y cómo no, también hay que tener en cuenta que la valoración que tienen los jóvenes del trabajo, del tiempo invertido en él y de lo que muchas veces han visto que desgasta al adulto, no es como para estar ansiosos por conseguirlo.

No lo tienen fácil.

Y para colmo les pedimos que “sean emprendedores”.

A todo esto se suma que ante el despliegue de posibilidades que aparecen para los jóvenes, los padres se encuentran con que ya han dejado de ser los “mentores”, si es que no perdieron ya hace años ese calificativo o si incluso nunca llegaron a poder ejercerlo.

Recordemos que nunca antes los menores habían dispuesto de tanta información proveniente de fuera del entorno de la familia como en la actualidad por lo tanto el lugar de los padres en ese y otros sentidos, se ha visto tocado.

También hay que pensar por otro lado, que ha de llegar el momento en el que los jóvenes actúen por sí mismos, con autonomía y haciéndose cargo de sus decisiones y proyecciones al futuro, y si no lo hacen a estas edades cuando pensamos que lo harán...

Muchas de las personas que trabajamos con jóvenes conocemos la importancia que tiene saber llegar a ellos manteniendo el equilibrio que permita poder ayudarles pero a la vez que sean ellos los “líderes del cambio”, es decir, que en ningún momento dejen de sentir que son quienes marcan la ruta, quienes deciden qué quieren hacer y hacia dónde quieren ir, pero a la vez busquen orientación, posibilidades y experiencias que les faciliten una guía y así ir evolucionando. Son muchas las ocasiones en las que les forzamos a que se planifiquen, a que decidan, a que aprendan esto o lo otro, olvidándonos de que la clave está en que consigamos que lo descubran ellos mismos. Ya dijo Piaget, estudioso de los procesos evolutivos en las personas, que cada vez que mostramos algo a un niño evitamos que lo descubra por sí mismo.

Y aquí es donde el proceso de coaching les ayuda a abrir la mente, a ver por ellos mismos las posibilidades para el éxito, para “su éxito” que en realidad no tiene por qué parecerse en nada al del resto.

Entre hacerlo completamente solos y ser guiados por los padres, está la participación de un coach, que le acompañará con ciertas garantías.

 

Con el Coach los primeros pasos le ayudarán a conocerse más en profundidad de tal forma que consiga distinguir bien sus fortalezas y puntos fuertes por encima del resto de capacidades o características de cada cual. En este punto hay muchos jóvenes que tristemente aún no las han encontrado o que aún peor, piensan que ellos no tienen y que por lo tanto no las encontrarán y que en cambio están convencidos de que lo suyo son todo puntos débiles y defectos. Gran error que tendrán que identificar y trabajar para cambiar si queremos que descubran sus talentos y comiencen a movilizarse.

A continuación y una vez que se desbloquean muchas de las situaciones en las que se encuentran los jóvenes, nos vamos acercando a ese punto esencial que se encuentra entre lo que realmente pueden hacer mejor porque sus capacidades así lo indican y porque de una u otra forma es para lo que mejor capacitados están y entre lo que verdaderamente les gusta, les atrae, les entusiasma, que representa el motor motivacional, es decir, la gasolina que permitirá que el motor desarrolle todo el rendimiento esperado.

¿De qué vale un buen motor sin combustible? Así están muchos de ellos, esperando poder rodar.

Y después y una vez arrancan, pondrán a funcionar diferentes planes de acción que les irán acercando a sus objetivos y que serán los elementos visibles y concretos que les ayudarán a poner los pies en la tierra y a caminar en alguna de las direcciones posibles.

MEJORAR LAS RELACIONES SOCIALES. No es (solo) cosa de niños.

 

Si bien identificamos el trabajo de mejora de las habilidades sociales con intervenciones con niños y adolescentes, en realidad no es exclusivo de ellos ya que por un lado, existen muchos adultos que no superaron las dificultades en este área o sencillamente nunca aprendieron a ser lo suficientemente habilidosos y por otro lado, hay muchas personas que con el tiempo disminuyen sus contactos o sus actividades sociales y se convierten en seres más introvertidos y solitarios.

Los humanos somos seres sociales por naturaleza y aunque a veces la pereza o el estilo de vida que llevamos, nos incline a permanecer en solitario, los otros y otras son nuestros complementarios o nuestros opuestos, pero en cualquier caso la garantía de que ni estamos solos ni existimos para estarlo. Y sino que nos lo digan a los psicólogos, que ante muchos trastornos mentales significativamente presentes en nuestro tiempo, como la depresión por ejemplo, echamos mano del “apoyo social” como una auténtica clave para la mejoría de los pacientes cuando están hundidos y en estado ruinoso, psicológicamente hablando, y como una garantía de estabilidad y bienestar, cuando ya están recuperados y bien a lo largo del tiempo.

 

¿Cómo saber si tus relaciones sociales son pobres?

 

-       Si en el trabajo prácticamente no te relacionas con tus compañeros o lo haces pero porque no tienes más remedio y tratando de evitarlo siempre que puedes.

-       Si cuando lo haces no te sientes a gusto y estás deseando escapar de ese tipo de situaciones.

-       Si cuando sales del trabajo vas a casa y lo último que quisieras hacer es salir, ver amigos o realizar actividades con otras personas.

-       Si cuando te relacionas no lo pasas bien ni disfrutas del resto de los mortales.

 

¿Qué podemos hacer?

 

En primer lugar toma conciencia de la importancia de las relaciones sociales y trata de no justificarte en tu actitud solitaria y separatista. Intenta ser capaz de diferenciar entre la necesidad de estar solos que tenemos de vez en cuando y que es muy sano y absolutamente normal experimentarla, y entre estar solos y no tener a casi nadie o haber perdido a aquellas personas que antes pertenecían a nuestro entorno.

En segundo lugar identifica tus puntos débiles en relación al área social. De igual forma que tendrás tus fortalezas en diferentes áreas y características personales, es importante que conozcas bien las carencias o simplemente aquellas cuestiones que no dominas en este sentido.

En tercer lugar ponte en marcha:

-       En el trabajo dale importancia a la relación con los demás, piensa que hay algo más allá de realizar las tareas propias de tu profesión. Gente a la que puedes saludar, gente con la que puedes charlar de trabajo, con quien puedes compartir otras cosas. Quizá gente con la que tienes que trabajar en equipo y será una oportunidad para afianzar relaciones. En este caso analiza los problemas que se puedan estar generando, las sensaciones que tengas cuando estás con estas personas. Si te sientes inseguro, celoso o envidioso o sea lo que sea lo que experimentes, afróntalo y enfréntate a la situación. Recuerda que en caso contrario, eres tú quien pierde la ocasión de fortalecer tus relaciones, tu participación y en definitiva, tu individualidad, por no decir lo que puede mermar incluso la calidad de tu trabajo.

Son muchas horas al cabo del día las que permanecemos en el entorno laboral como para no desarrollar las habilidades sociales necesarias para adaptarnos convenientemente e incluso acabar disfrutando de ellas.

-       Fuera del trabajo, planifícate actividades donde debas interactuar con otras personas sin miedo a que sean desconocidas. Precisamente en este caso experimentarás que existen muchas personas con parecidas afinidades a ti y que en cualquier etapa de la vida se pueden hacer amigos.

-       Intenta mantener vivas las relaciones con tus amigos de siempre. Llámales con cierta frecuencia, planifica con ellos actividades aunque sean sencillas o simplemente quedadas para charlar un rato.

-       Retoma contacto con amistades de las que haga tiempo que quizá no sepas nada. Prácticamente siempre lo agradecerán y podrá ser una forma de reactivarlas.

 

La práctica habitual de las relaciones sociales produce sensaciones positivas que se van acumulando y contagiando y que permiten a las personas sentirse exitosas y mucho más integradas en el entorno en el que viven.

¡No lo dudes ni un minuto más, ponte en marcha!

 

 

 

HIJOS. PARTIDOS O COMPARTIDOS?

Lo importante son ellos

 

 

Una parte importante de la realidad que viven muchos hijos es que cuando sus padres se separan son "carne de cañón", y no me refiero a la obvia consecuencia de romper la unidad familiar, que por otro lado, muchas veces ya ni existe como tal, por lo que puede incluso ser una solución que debería de haber llegado en muchos casos antes. Hay que decir que ya aquí muchas veces los hijos son la excusa para no separarse, cuando lo que viven en casa puede llegar a ser un calvario. Familia unida pero vencida, mal eslogan para mantenerlo en el tiempo.

En realidad me refiero a cuando los hijos empiezan a sufrir la segunda parte de la separación, las diferencias entre los padres en el proceso, un camino que se sabe cuando empieza, pero no cuando acaba. Aspectos económicos, infidelidades del pasado, ajuste de cuentas varias, la culpabilización del proceso, quién tomó la decisión, por qué la separación... Aspetos muchas veces incomprensibles para los adultos y siempre incomprensible para los hijos, que en vez de poderse centrar en la adaptación a su nueva vida con su padre y con su madre, están en medio del fuego cruzado.

Es paradógico que puedan pasar de: “qué pobrecitos los niños” a ser machacados impunemente”.

 

Dos errores graves en el proceso:

 

Pensar que lo tienen que saber todo en relación a la separación.

 

            Cuando en realidad los problemas de los padres son precisamente eso, solo de los padres. Y si quieren compartirlo para eso están los amigos y la familia, pero no los menores.

 

Pensar que han de saber bien "cómo es su padre" o "cómo es su madre".

 

El tiempo pone casi todo en su sitio, y en los casos lamentables en los que un miembro de la expareja decide manipular impunemente al menor, sería ingenuo pensar que es tan sencillo como contraatacar para "que el crío/a sepa en realidad cómo son las cosas". Craso error, además de resultar insufrible para los niños no hay peor remedio, porque será mayor el lío y se pueden asentar los postulados del padre o madre manipulador.

 

Deberíamos de no perder el rumbo y entender que todos los esfuerzos se han de dirigir a que la vida de los hijos se vea lo menos afectada posible, aún teniendo en cuenta la incomodidad para los padres. Bien es cierto que en no pocas ocasiones esto se convierte en precariedad para estos o para alguno de ellos pero hay que intentar que el hijo no sufra las consecuencias. Hay que conseguir que permanezca en un entorno seguro, estable y lo más parecido al que tenía antes de la separación.

 

Compartir la custodia de los hijos por concepto es lo que se merece el niño y los padres. Los niños porque tienen el derecho a vivir con ambos y así poder seguir contando con ellos en su evolución y educación; los padres porque tienen la obligación de participar en la educación de sus hijos.

 

Pero siempre manteniendo la máxima de "pensar en el menor".

 

Si Alguno de los progenitores, el padre o la madre no quiere? puede que no esté dispuesto a ejercerlo e incluso es posible que el otro miembro quizá prefiera asumirlo solo/a.

Lo sensato será que prevalezca la intención de conseguir que asuma sus obligaciones como padre/madre, que en principio sería lo mejor para el menor, salvo que existan evidencias de que este saldrá perjudicado, siempre por motivos constatados.

 

Si alguno de los progenitores es un desastre y nunca se ha ocupado del hijo?

Lo razonable sería claramente que al menor haya que intentar tenerlo apartado del progenitor tóxico.

 

Si alguno, en realidad lo que le mueve es generarle dolor al otro/a sin más.

            Lo justo es asegurarse de que se mantiene a los hijos al margen totalmente de estas intenciones, porque les acabará salpicando.

 

El reto será trabajar para conseguir que no confundamos compartir con dividir.

BIENVENIDAS RUTINAS.

 

 

Aunque en ocasiones el término rutina suena mal dado que se puede asociar a aburrimiento o falta de estímulos y creatividad, en esencia, hace referencia a una de las principales capacidades que tenemos las personas para asentar y mantener distintos aprendizajes, para pasar de la mera experimentación puntual de diferentes comportamientos a la sistematización de los mismos. Nuestro cerebro tiene la capacidad de facilitar un proceso de generación de hábitos, que a su vez promueve la automatización de tareas, tanto a nivel cognitivo, como en el plano conductual.

Esto ¿Qué supone?

En primer lugar nos permite averiguar cuáles son nuestras rutinas, cuáles con nuestras inercias, tanto las que podríamos considerar positivas, es decir, que nos facilitan ciertas costumbres recomendables y favorables para nosotros mismos o los demás; como las negativas, es decir, las que nos pueden resultan peligrosas o sencillamente un estorbo.

En segundo lugar, nos permite cambiarlas en el caso de que consideremos que no son adecuadas por diferentes razones. Pero atención, tendremos que atender a los mecanismos que permiten que el cerebro cambie el establecimiento de las mismas y facilitar la instauración de otras nuevas.

 

cómo establecer nuevas rutinas

 

1º.- Escogeremos cuál será la nueva actividad que queremos acometer, teniendo en cuenta que sea posible y realista su puesta en marcha, para que sencillamente no sea algo que esté fuera de nuestro alcance. Habrá que pensar que unas rutinas facilitan otras por lo tanto, primero nos centraremos en generarnos hábitos accesibles para más adelante poder conseguir otros niveles de consecución más elaborados o complejos. Por ejemplo, si queremos hacer deporte y no practicamos ninguno actualmente, será preferible que escojamos una actividad que sea fácil para nuestra preparación actual y que esté lo más dirigida posible, con un profesor por ejemplo, para facilitar un comienzo que no sea frustrante o demasiado complejo, lo que podría hacernos abandonar.

2º.- Planificaremos de manera realista su puesta en marcha, de tal forma que quede perfectamente señalado cómo y cuándo la vamos a realizar, con el fin de pensar muy bien la conveniencia a priori y así no tener que después estar decidiendo estos aspectos. La investigación nos muestra que la intención de llevar a cabo una nueva actividad no está necesariamente asociada a su realización, sin embargo cuando introducimos una planificación de la misma, aumenta significativamente la consecución de la conducta.

3.- Establecer algún tipo de compensación para uno mismo por el hecho de hacer la tarea, una especie de gratificación con el fin de que apoyemos las primeras experiencias, que suponen la fase más delicada del proceso, ya que aún no se ha automatizado la conducta en cuestión. Recordar que la repetición será la clave para la consecución del hábito y las primeras veces serán las que faciliten las siguientes.

4.- Hacer frente a las posibles dificultades que surjan en esta primera fase con el pleno convencimiento de que si perseveramos lo conseguiremos. Precisamente el “quid de la cuestión”, es que cuando nos acostumbremos, ya no nos costará tanto esfuerzo llevarla a cabo. Según repetimos la conducta, se va produciendo un ahorro cognitivo que hace que la realización de la conducta se haga prácticamente sin tener que pensarlo. Con rutinas altamente frecuentes, tipo diarias o varias veces por semana, alrededor de tres semanas será el tiempo razonable para poder asentarse.

5.- Una vez establecida una nueva rutina, estaremos en disposición de acometer otras que nos propongamos.

Aún en el caso de que queramos generar muchos hábitos nuevos, será bueno hacerlo progresivamente y poco a poco.

El hecho de intentarlo e ir viendo que lo conseguimos supone una carga de automotivación que nos proporcionará sensaciones de control, imprescindibles para sentirnos bien y dueños de nuestro destino. Ánimo y a intentarlo.

VOLVER. QUE AFORTUNADOS SOMOS.

  

La vuelta al instituto de los adolescentes, el retorno al trabajo de los padres...

 

Todo un privilegio que lo primero que indica es que la normalidad vuelve una y otra vez.

El período veraniego puede relajar el ambiente, o puede ponerlo a prueba, dado que hay más convivencia y por lo tanto, más oportunidades para la discusión y las desavenencias; también puede provocar en ocasiones, el ilusorio deseo de no tener que volver nunca a la vorágine habitual, o, por el contrario, puede hacernos desear la imperiosa necesidad de que vuelva cuanto antes.

            Horarios que se desorbitan, el sueño que se trastoca, algunos hábitos que se pierden. Nada que la vuelta no pueda normalizar.

Pero eso sí, hay que tratar de facilitar una actitud lo más positiva posible ante el final de las vacaciones. No como esa tendencia, que muchas veces tenemos, de amargarnos los últimos días de descanso, anticipando problemas e historias laborales. En muchos casos serán sin duda, problemas del día a día, pero en otros muchos ni siquiera, supondrán más bien dificultades que anticipa la mente, de manera totalmente inútil e inservible, sin ningún valor de adaptación, más bien, corresponderá a esa tendencia tan negativa de no vivir y disfrutar el presente, “hasta el último minuto de las vacaciones”.

            La vuelta, como si de una Vuelta ciclista se tratara, nos permite una vez más, tener la oportunidad de probar a hacerlo de manera diferente, de forma más adecuada, con ganas renovadas, pedaleando a buen ritmo y marcando nuevamente objetivos y metas personales, familiares, profesionales, etc.

Volvemos a ver a los amigos, a seguir formándonos, a disfrutar de las actividades habituales, a trabajar, que no es poco, a comer saludablemente, a regular nuestros horarios, a tener la oportunidad de utilizar tizas nuevas ...

 

 

 

600 035 629

peralbo@ran.es

PSICOLOGÍA FAMILIA Y ADOLESCENTE

Acreditado como Psicólogo Sanitario por la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

Acreditado como Psicólogo Especialista en Psicoterapia por la European Federation of Professional Psychologists (EFPA).

Miembro de la División de Psicoterapia del Consejo Oficial de Psicólogos (COP).

COACHING JUVENIL COACHING EJECUTIVO

Acreditado como Psicólogo Experto en Coaching (PsEC) por el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

Acreditado como Coach Ejecutivo por la Asociación Española de Coaching y Consultoría de Procesos (AECOP).

Miembro de la División de Psicología del Trabajo, de las Organizaciones y los Recursos Humanos (PTORH).

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